Mi relación con el cementerio comienza con la muerte de mi abuelo René.
Mi abuelo falleció un 31 de diciembre cuando yo tenía 7 años. Tengo pocos, pero no contados, recuerdos con él en vida, y mi experiencia alrededor de su muerte fue bien serena.
Por un tiempo mi abuelo estuvo decayendo en su enfermedad, y recuerdo un domingo acompañar a mi mamá a buscar quien pudiera vendernos un tanque de oxígeno para mi abuelo, otro día ir con ella a traer agua bendita a la Basílica de Suyapa (y derramar la mitad en el suelo de mi asiento - ¡lo siento!), y la final visita de un Padre a su habitación a darle la unción de los enfermos. La noche del 31 de diciembre que falleció mi abuelo, recuerdo estar en su casa en la cocina con mi nana, Beti, y que ella me contara que mi abuelo ya había fallecido.
Desde entonces, visitar el cementerio se relacionaba a visitar a mi abuelo. Se convirtió una costumbre natural de casi todos los domingos, adonde le llevábamos flores, visitábamos su lápida, y jugábamos con mi hermano menor en la grama vacía cerca de donde descansa mi abuelo. Aún recuerdo cómo jugábamos en un parche específico de grama. Luego rezábamos todos con mi abuela Lety, la viuda de mi abuelo René, y nos íbamos a continuar nuestro día.
Yo crecí visitando el cementerio, y he tenido la linda experiencia que visitar la tumba de mi abuelo (se siente raro llamarla tumba), era realmente visitar a mi abuelo. Claro, no volví a compartir palabras con el, ni experiencias en vivo, pero siempre he sentido que visitarlo en el cementerio era ir a ver a mi abuelo. Ahí es adonde el vive, ahí es adonde le platicamos, le contamos cosas, y le llenamos de flores cada 31 de diciembre, y muchos días el resto del año.
Me doy cuenta ahora muchos años después, que he tenido la gran fortuna de poder vivir la visita del lugar de descanso de alguien querido y cercano, y vivir esa visita como algo positivo o natural. Para algunos éstas visitas son una experiencia dolorosa, dura, y tan solo llegar a visitar a un ser que ya descansa es para ellos un proceso que lleva mucho desahogo y trabajo. Respeto muchísimo a todos quienes les ha tocado vivir esa historia.
Claro, supongo que ayuda que yo estaba pequeña cuando mi abuelo falleció, y seguro que mi familia tuvo el lujo de tiempo para preparar a los pequeños a procesar la partida inminente del patriarca, o quizás estoy completamente equivocada. Pero si agradezco que he podido siempre tener una conexión muy especial con el cementerio adonde descansa mi abuelo, y poder seguir teniendo una relación con mi abuelo aunque el ya no me puede regañar tanto como quisiera jaja.
Ultimamente he tenido otra dicha, de poder tener otra relación especial con alguien a quien puedo visitar en ese mismo cementerio. Alguien que también falleció un 31 de diciembre, y descansa tan solo unos metros cerca de mi abuelo. He conocido a través de esta persona otro aspecto de la poderosa relación entre quienes nos dejan un poco antes, y los que les llevamos flores. Qué lindo conocer el poder que tiene servir a quienes ya no están acompañándonos en el plano terrenal, y la valentía que significa visitarlos.
Estas fotografías quise que registraran esa conexión única que tenemos todos los que visitamos a los que ya descansan. Sea una de paz, gozo y alegría, o de arrepentimiento, de convivencia, servicio, silencio, nostalgia, rabia, o suma tristeza. Me animé a re-encender las historias que se cuentan a través de la fotografía con, espero, mucho respeto.
Ame ver cómo cada fotografía oculta una historia sin fin de, últimamente, enorme amor.
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Si alguien perfilado en estas fotografías desea borre una fotografía, me pueden dejar saber. Considere la privacidad de ese día lo mejor que pude.