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martes, 11 de febrero de 2025

Día de Muertos 2024- Tegucigalpa, Honduras

Mi relación con el cementerio comienza con la muerte de mi abuelo René. 

Mi abuelo falleció un 31 de diciembre cuando yo tenía 7 años. Tengo pocos, pero no contados, recuerdos con él en vida, y mi experiencia alrededor de su muerte fue bien serena.

Por un tiempo mi abuelo estuvo decayendo en su enfermedad, y recuerdo un domingo acompañar a mi mamá a buscar quien pudiera vendernos un tanque de oxígeno para mi abuelo, otro día ir con ella a traer agua bendita a la Basílica de Suyapa (y derramar la mitad en el suelo de mi asiento - ¡lo siento!), y la final visita de un Padre a su habitación a darle la unción de los enfermos. La noche del 31 de diciembre que falleció mi abuelo, recuerdo estar en su casa en la cocina con mi nana, Beti, y que ella me contara que mi abuelo ya había fallecido. 

Desde entonces, visitar el cementerio se relacionaba a visitar a mi abuelo. Se convirtió una costumbre natural de casi todos los domingos, adonde le llevábamos flores, visitábamos su lápida, y jugábamos con mi hermano menor en la grama vacía cerca de donde descansa mi abuelo. Aún recuerdo cómo jugábamos en un parche específico de grama. Luego rezábamos todos con mi abuela Lety, la viuda de mi abuelo René, y nos íbamos a continuar nuestro día. 

Yo crecí visitando el cementerio, y he tenido la linda experiencia que visitar la tumba de mi abuelo (se siente raro llamarla tumba), era realmente visitar a mi abuelo. Claro, no volví a compartir palabras con el, ni experiencias en vivo, pero siempre he sentido que visitarlo en el cementerio era ir a ver a mi abuelo. Ahí es adonde el vive, ahí es adonde le platicamos, le contamos cosas, y le llenamos de flores cada 31 de diciembre, y muchos días el resto del año.

Me doy cuenta ahora muchos años después, que he tenido la gran fortuna de poder vivir la visita del lugar de descanso de alguien querido y cercano, y vivir esa visita como algo positivo o natural. Para algunos éstas visitas son una experiencia dolorosa, dura, y tan solo llegar a visitar a un ser que ya descansa es para ellos un proceso que lleva mucho desahogo y trabajo. Respeto muchísimo a todos quienes les ha tocado vivir esa historia. 

Claro, supongo que ayuda que yo estaba pequeña cuando mi abuelo falleció, y seguro que mi familia tuvo el lujo de tiempo para preparar a los pequeños a procesar la partida inminente del patriarca, o quizás estoy completamente equivocada. Pero si agradezco que he podido siempre tener una conexión muy especial con el cementerio adonde descansa mi abuelo, y poder seguir teniendo una relación con mi abuelo aunque el ya no me puede regañar tanto como quisiera jaja. 

Ultimamente he tenido otra dicha, de poder tener otra relación especial con alguien a quien puedo visitar en ese mismo cementerio. Alguien que también falleció un 31 de diciembre, y descansa tan solo unos metros cerca de mi abuelo. He conocido a través de esta persona otro aspecto de la poderosa relación entre quienes nos dejan un poco antes, y los que les llevamos flores. Qué lindo conocer el poder que tiene servir a quienes ya no están acompañándonos en el plano terrenal, y la valentía que significa visitarlos. 

Estas fotografías quise que registraran esa conexión única que tenemos todos los que visitamos a los que ya descansan. Sea una de paz, gozo y alegría, o de arrepentimiento, de convivencia, servicio, silencio, nostalgia, rabia, o suma tristeza. Me animé a re-encender las historias que se cuentan a través de la fotografía con, espero, mucho respeto. 

Ame ver cómo cada fotografía oculta una historia sin fin de, últimamente, enorme amor. 

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Si alguien perfilado en estas fotografías desea borre una fotografía, me pueden dejar saber. Considere la privacidad de ese día lo mejor que pude. 


































lunes, 10 de octubre de 2016

Festival del Choro y El Vino- La Esperanza (Parte 2: La Esperanza de noche)

Luces, música y gente linda en una noche casi mágica. En resumidas cuentas, lo que amo de visitar pueblos fuera de la capital.













martes, 9 de agosto de 2016

Festival del Choro y El Vino -La Esperanza ( Parte 1: bailes típicos/ El Guancasco/ mercados)

Que mejor día que hoy, 9 de Agosto, el Día Internacional de los Pueblos Indígenas, para contarles sobre mi visita a La Esperanza.

Hace ya casi dos meses, visité La Esperanza para poder participar en las celebraciones del Festival del Vino y el Choro. Desde que regrese a Honduras he querido ir a este festival y ya en mi tercer año aquí, a la carrera y con poco tiempo pero mucha determinación, logre ir.
Unos (mínimo) 10 años atrás, pasamos una Semana Santa con mi familia y la familia de mi mamá en La Esperanza, y hasta el día de hoy nos reímos de esa idea. Esa Semana Santa ha sido la única que he (perdón, hemos) pasado abrigadísimos, con suéteres y muriéndonos del frio. Desde entonces no regrese, pero si tengo pocos recuerdos del centro del pueblo y sus tienditas. De su comida, extrañamente, no mucho recuerdo (excepto haber probado un "atol chuco" en un puesto que aún sigue al principio del pueblo).
Esta vez fue totalmente diferente. Nada de frio, visité el pueblo con amigos fotógrafos, y con un propósito: probar los famosos "choros" (y tomar fotos, obvio, jaja).

1. ¿Qué sabía yo de los choros?
R:// Que eran hongos silvestres que crecían en una época del año en específico. Punto.
2. ¿Qué sabía yo del famoso festival?
R:// A eso venía a averiguar. Porque decir que sabía poco es decir mucho, jaja.

Así que llegamos. El viaje estuvo lindo, mucho más corto de lo que pensé, y el clima estaba divino (había empacado ropa para frío por si las dudas, de las experiencias se aprende). Llegamos el sábado por la tarde y comenzamos por el parque. Casi al llegar, nuestros amigos que ya habían estado desde antes nos llevaron al centro cultural de La Esperanza y desde afuera, en el patio, comenzamos a modificar nuestros lentes, y tomar fotos de todos esos bellos vestuarios. Habían jóvenes en sus trajes típicos llenos de colores brillantes, orgullosos de sus vestidos y trajes, listos para posar para los fotógrafos aunque quizás habíamos estado intentando de pasar desapercibidos. Luego vimos a un grupo inusual, unos 6 indígenas, los hombres vestidos de trajes verdes brillantes (que luego supe que simbolizaban el color de la naturaleza), y las mujeres de mantas de colores hermosos. Ellos también cargaban objetos desconocidos: una máscara, unas varas, y unos tambores. La máscara era "El Guancasco" que era también el nombre de la danza simbólica que ellos presentarían. Aunque muy tímidos hacia las cámaras, los indígenas fueron muy generosos al explicarnos sobre El Guancasco, dejarnos usar la preciosa máscara, y más que todo darnos a todos el honor de presenciar tan hermoso baile que ellos han preservado durante generaciones.**
Yo soy orgullosamente hondureña, amo todo de nuestra cultura, y me sentí emotiva al ver El Guancasco, sabiendo que muy pocos tenemos el honor de presenciar algo de nuestra cultura ancestral. Fue hermoso y un honor.

Luego de los bailes tradicionales, hubo una degustación de platillos elaborados con choros, y luego una competencia entre restaurantes de la zona, utilizando los choros de maneras creativas. Todo estuvo delicioso, muy interesante, y como Chef, me fascinó. Conocí algo nuevo de mi país, probé algo distinto, y disfrute de nuestra cultura.


































*En este post decidí agrupar las fotografías tomadas durante el día, incluyendo las visitas a los mercados y diferentes fotografías misceláneas. Parte 2 incluirá las fotografías de noche.

** Explicación más detallada de lo que simboliza El Guancasco, por mi amigo Jabdiel Valladares:
"La mascara... posee mas de 100 años de antigüedad, su origen se remonta a los tiempos de Lempira el cual utilizaba como método de camuflaje de los españoles para que no pudieran reconocerlo, esta mascara es utilizada en la ceremonia lenca del Guancasco la cual es heredada de generación en generación...El Guancasco representaba una fiesta de encuentro entre dos pueblos dispuestos a realizar un pacto de paz.

Las autoridades de realizar esta ceremonia se les conoce como Auxiliaría de la Vara Alta. 

Sus miembros son los siguientes: 4 vareros, uno de los cuales porta la Vara Alta de Moisés; 1 gracejo, quien lleva un bastón en forma de cusuco; 1 pitero ó encargado de tocar la flauta de carrizo; 1 maraquero ó responsable de la sonaja de semillas, quien se cubre con una máscara; y 2 pendoleros, que se encargan de llevar los estandartes.
La Vara Alta y la máscara son representativos de la cultura Lenca los cuales usted puede apreciar en el logo de La Esperanza, Yamaranguila e Intibucá..."